Saltar al contenido

ARGENTUM

conocé tu país

Prócer

Manuel Belgrano

Nombre completo: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano

Nacimiento y muerte: 1770 – 1820

Retrato al óleo de Manuel Belgrano de joven, de tres cuartos de perfil, con casaca oscura y camisa blanca con volados.
Retrato de Manuel Belgrano, de François-Casimir Carbonnier (Londres, 1815). Museo Histórico Nacional, Buenos Aires.Dominio público

Abogado, economista y militar porteño. Creó la bandera celeste y blanca en 1812 y dedicó su vida y su fortuna a la independencia y a la escuela pública.

Contexto

Durante buena parte del siglo XVIII, el imperio español trató a sus colonias americanas como una hacienda cercada: toda su cosecha debía salir por un único portón, el puerto de Cádiz. Buenos Aires era un campo distante y desatendido, forzado al contrabando con el Brasil portugués para no quedar yermo. La cerca empezó a ceder en 1778, cuando la Corona, urgida por sus propias guerras europeas, promulgó el Reglamento de Libre Comercio y habilitó en ese campo marginal una aduana propia. Fue como abrir un segundo portón: por él entró de golpe una riqueza que alcanzó para sostener, casi en soledad, a un Virreinato recién fundado, el último y más tardío que España sembraría en América. Buenos Aires, elevada de pronto a cabecera de ese territorio remendado, empezó a dar frutos que ya no cabían en los graneros antiguos. Y por el mismo portón que dejaba pasar mercancías se colaban, escondidas entre fardos, semillas que ningún reglamento sabía identificar a tiempo: Rousseau, Montesquieu, una Ilustración entera que la censura española no lograba desenterrar antes de que germinara. Faltaba apenas una mano dispuesta a convertir ese suelo removido en cultivo metódico: un joven porteño, hijo de comerciantes, que cruzaría el océano a estudiar leyes y volvería con semillas mucho más duraderas que cualquier mercancía…

Semblanza

Manuel Belgrano no fue un militar que aprendió a gobernar: fue un sembrador obligado, contra su naturaleza y su fortuna, a defender el surco con la espada. Volvió de España convencido de que ningún país se funda por decreto sino por siembra paciente —escuelas, oficios, números—, y esa convicción, tan poco marcial, gobernó cada uno de sus actos hasta el último. Desde el Consulado de Buenos Aires impulsó escuelas de comercio, de náutica y de dibujo. Insistió también en que las niñas tenían tanto derecho como los varones a que alguien les enseñara a leer: una semilla que la época prefería enterrar antes que dejar germinar. La Revolución de Mayo lo encontró en la Primera Junta y, sin que hubiese llevado jamás un uniforme, lo empujó al frente de un ejército improvisado y hambriento. Aceptó, porque entendía que a veces hay que empuñar el arado como arma antes de sembrar con él. En febrero de 1812, a orillas del Paraná, en Rosario, izó por primera vez una bandera celeste y blanca, y meses después, con el Éxodo Jujeño, logró que un pueblo entero prefiriese quemar su propia cosecha antes que entregársela al enemigo. Ganó Tucumán, ganó Salta, y sin embargo murió en 1820, pobre y enfermo, en la misma casa donde había nacido, mientras Buenos Aires se despedazaba entre caudillos que ya no escuchaban a nadie. Cuentan que pagó al médico que lo velaba con el único reloj que le quedaba: el hombre que había sembrado escuelas, banderas y ejércitos enteros no tenía, al final, más que ese puñado de horas para entregar. No dejó fortuna: dejó una cosecha que otros, con el tiempo que a él ya no le alcanzó, iban a recoger.